Blog sobre Viajes de una Turista Mundial

Archivo de Octubre 2008

Barcelona

Martes 28 Octubre 2008

Una de las ciudades que más amo , no es bella y sublime como París o Londres, pero tiene algo, indescriptible, tal vez de orden místico, o un perfume que flota en el aire que huele a libertad, mezcla de sal y verde.

Hace poco escribí esto para un blog:

Desde mayo del año pasado, se implementó en Barcelona, con gran éxito, la bicicleta como transporte público llamado “bicing”: hay que inscribirse para obtener la tarjeta y pagar sólo 24 euros por año. Están ubicadas en diferentes puntos de la ciudad, se saca de uno de ellos y se puede dejar en cualquier otro, y luego de media hora, se cargan algunos céntimos en la cuenta del usuario. Sólo si la pierdes o te la roban o si te pasas de la hora y media más de tres veces, el costo sube a 100 euros o más.

 

Esta foto la saqué en el mercado de Santa Caterina, en el barrio la Ribera. Casi todos los catalanes llevan puesto anteojos de forma cuadrada con marco de color, como los que tiene la mujer que atiende la verdulería. Es una cosa de no creer, pero se ha puesto de moda hace un tiempo ya, sin saberse bien la razón. Algunos creen que son realmente feos y que tal vez esta moda explique también porqué a los de estas tierras les dicen “horteras” ¡y significa mal gusto!

 

 Las otras dos veces que visité Barcelona lo hice en verano y cada vez que me senté en un chiringuito en la playa para tomar algo, escuché decir “qué va tío, es que ya se me han terminado las vacaciones y me tengo que ir a trabajar con esta calor”. Los catalanes trabajan mucho o se quejan bastante, que alguien me lo aclare por favor. Lo cierto es que me encanta esta ciudad y la gente como Quimi, un auténtico personaje que cuida las playas de Badalona sin cobrar nada, pues dice que el cielo ya lo tiene ganado y, mientras tanto, le recita piropos a las mujeres bonitas y les baila hip hop con su metro cincuenta y sus 44 años. Él me dijo: “Niña, hay de todo en esta vida”. Sabias palabras.

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Nueva York, alta onda

Lunes 27 Octubre 2008

Centro mundial de la cultura actual, una ciudad electrizante, que shokea los 5 sentidos. Para mí, la mejor ciudad del mundo.

A Nueva York fui el verano del año pasado y me volví loca de atar , todos mis sentidos se excitaron , se tensaron. Negros elásticos con sus zapatillas nike y collares colgando de sus jeans, quebrando sus caderas en las veredas , mostrando un break dance auténtico y brutal. Las bandas de jazz poniendo ambiente en las plazas, gente haciendo footing y rollers atravesando el desquicie de las avenidas y los rascacielos infinitos. 

Tenía estos apuntes anotados en mi cuaderno:

Cuando entré al Metropolitan Museum of Art, me di cuenta que estaba en Estados Unidos; sólo te avisan una vez “do not touch” y “no flash” , y luego uno se mueve como quiere, porque tampoco hay un recorrido fijo, preestablecido-la excepción es el Museo “Guggenheim”, por su forma arquitectónica circular.
En esta ciudad, siempre escucho las expresiones “go, go, GO!”, “next”, “have a nice day” y “thank you”. Es insaciable. Si quiero comer a las 5 de la mañana pad thai, sólo tengo que caminar media cuadra hasta el Deli de la esquina. Adoro los Delis: eclécticos mini mercados abiertos las 24 horas, que venden ramos de flores, café con leche a 1 dólar, sushi, ensaladas, panninis, cerveza, y más. Los precios, fabulosos.
La contracara en un país que consume sin parar es, por supuesto, la basura: creo, el tercer negocio mundial mas poderoso, luego de las armas y las drogas.
El olor de NY es único, imaginen. 

Por eso, cuando entro a los locales de Gucci, Prada o Diesel, deseo tirar un colchón ahí mismo y quedarme a vivir , si es posible. En casi todas las tiendas de NY, hay un hombre o una mujer espléndida que nos abre la puerta con una sonrisa, Amy Winehouse en los parlantes, y ozono y perfumes en el aire. Esto, ¡no tiene precio!
Hay dos cosas que cuestan muy caro en New york, una vez que se logra encontrarlas: internet en locutorios (2 dólares los 5 minutos) y el alquiler del estacionamiento para el auto (25 dólares la hora).
La gran mayoría de los que habitan esta ciudad, se mueve con sus notebooks y encuentra wi fi, sin buscar demasiado, en bares y plazas. Por eso yo, que la dejé en Buenos Aires, uso internet gratis en el Apple Store, con sus blancas computadoras.

NY es un caos de tránsito, y tan ruidosa como Buenos Aires. Una de las maneras de evitar la enorme cantidad de autos que ingresan a Manhattan todos los días, desde los alrededores -Brooklyn, New Jersey, Queens y Bronx- es aumentar las tarifas del estacionamiento. Además, no es tan difícil cambiar de conducta y abandonar ese medio de transporte, cuando se cuenta con una de las redes de subtes mejor diseñadas del mundo.
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Marruecos

Lunes 27 Octubre 2008

Experiencia inolvidable en los pasillos medievales del antiguo Fez, escenario vital de la cultura árabe, en su más pura expresión.
Marruecos significaba cruzar a África, continente y tierra alejada de mi imaginación. Cierta tensión me perturbaba.Cruzamos el estrecho de Gibraltar desde Algeciras hacia el Tánger, ciudad histórica y mítica para el mundo entero.
Cuando llegamos, el calor nos azotó. Unos chicos movían sus flacos cuerpos entre la basura y las moscas, y miraban con distancia. Otros, se acercaban a vendernos sus alimentos en bolsitas. Estábamos un poco desorientados pero atentos, mientras buscábamos un Banco para sacar dirhams. Caminamos mucho para encontrarlo.
 
Inmediatamente después, nos encontramos presa de otro inconveniente: hacerle entender a un taxista que nos llevara a la estación de colectivos. Les hablábamos en castellano, en inglés y en un mal francés, nadie nos comprendía. Finalmente, un taxista que había vivido en España, nos llevó al lugar.
Allí, el colectivo que teníamos que tomar para ir a Chechaouen, estaba con el motor encendido a punto de salir. A los gritos, alguien agarró nuestras mochilas y subimos sin dudar.

Llegar a Chechaouen fue una verdadera tortura. El camino era de montaña, la ruta muy precaria, prácticamente abandonada, y el aire no corría. Me sentía parte de una masa chiclosa y pegajosa. Los demás -muchos de ellos hombres sin trabajo o changarines- se reían y parecían no sufrir el sol que caía sobre nuestras cabezas.

El colectivo hizo una parada en Tetuán. Pensé que habíamos entrado en un sótano, bajo tierra y sin luz. Olía a chorizo de cerdo asado, a sudor de animales y a encierro. Las voces- que se manifestaban con energía- se confundían hasta hacerse una, y los vendedores de gaseosas y golosinas, se empujaban para entrar en el colectivo. Creí que el tiempo se había detenido.

Una vez en la ruta, nos cambiaron de colectivo y me senté al lado de Yessine -él sería quien nos daría una mano para encontrar donde dormir en Chechaouen antiguo. Es estudiante de Historia. Nos contó que todas las ciudades árabes tienen una parte moderna y otra antigua y, para entrar a ella en Chechaouen, hay 7 puertas que se cierran a la medianoche. Afortunadamente, era una costumbre que hace muchos años ha dejado de practicarse.

Yessine, nos despidió en una de las puertas con voz suave y amable. Nos deseó buen viaje.
 
 
 

 

Chechaouen fue un sueño de color azul, color del mar. Mientras más tiempo pasábamos en él, más nos enamorábamos: me había atrapado la calidez de los árabes, las sonrisas de los niños y sus miradas generosas.El Hotel donde dormíamos era pequeño y tenía una terraza. Allí pasaban las horas hasta que el sol caía sobre las casas blancas y azules, escalonadas en la montaña que las abrigaba. En ese momento, el cuadro se tornaba color naranja. Y cuando las estrellas comenzaban a brillar, una voz sagrada inundaba ese cuadro y la vida del pueblo se desbordaba hacia la Mezquita de la plaza central, para rezar.

Por la mañana, subiendo la montaña, vimos a unos niños jugar en el agua de la cascada y, un poco más arriba, padres, madres e hijos limpiando sus alfombras estampadas en un gran fregadero público: las dejaban secar al sol y luego las cargaban cuesta abajo en carros o sobre sus hombros.
Los más pequeños, mostraban una energía envidiable. Me acerqué a sacarles una foto a tres de ellos y creo que nunca recibí tanto afecto. Me abrazaron con fuerza y me reí, hasta quedarme sin aire.

Fuimos a Fez. Una pareja, él parisino y ella romana, nos dijo que teníamos que buscar la Puerta Azul para entrar al mundo antiguo y hospedarnos en el Hotel “Cascade”.
Otra vez la pesadumbre, el calor seco derretía mi cabeza, tenía mucha sed y ganas de tomar una ducha helada. No sabíamos por donde empezar, teníamos hambre, pero los puestitos de comida olían mal y no tenían buen aspecto.
Un chico llamado Abdul, se nos acercó y en español, dijo que sería nuestro guía. No se porqué, lo seguimos. Empezamos a caminar por el Mercado, entre las frutas pasadas, las carnes, las tripas y corazones de cerdos, y cogotes y patas de pollos colgando en unos ganchos, que apenas eran cubiertos del sol por unos toldos verdes y marrones. Seguimos adentrándonos a través de unos pasadizos más angostos, y el chico nos mostró los secretos de Fez antiguo. Era un verdadero laberinto, no sabíamos dónde estábamos.
Abdul nos llevó a la casa de un artesano donde elaboraban tintes de colores con los excrementos de las ovejas. El olor era penetrante, y yo me preocupaba por hacer equilibrio con mis sandalias para no caerme en una de las tinajas, con esos raros líquidos espesos color tiza. También, nos mostró la herboristería, sus puros perfumes, medicinas curativas y especias de todos los continentes.

Ya habíamos entrado demasiado y queríamos volver. Le pedimos por favor a Abdul que nos llevara de vuelta a la Puerta Azul. Él nos pidió dirhams. Yo le di lo que tenía en dirhams, casi cinco euros, pero se enojó porque decía que teníamos más, que era poco. Estaba furioso. Entonces, Mariano le dio un paquete de cigarrillos casi lleno y el chico aceptó.

Los 45 minutos de vuelta, se hicieron interminables, hasta que por fin vimos el cartel “Hotel Cascade”.

Esa fue la última vez que entramos al Medieval Fez.
 

 
 
 

 

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Sudamérica, en busca del espejo

Jueves 23 Octubre 2008

Sudamérica: En busca del espejo. Paisajes inmensos, sitios vírgenes y personajes lejanos, escondidos en las profundidades de la montaña seca.

(Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba, La Paz, Copacabana, Puno, Cuzco)

Mi propósito era evitar el viaje por tierra. Yo sólo quería llegar a Cuzco.
El avión de la compañía brasilera Varig-en estado de quiebra permanente-, salió de San Pablo y me dejó en Santa Cruz de la Sierra. La conexión Santa Cruz-Lima ya estaba vendida, no lo podía creer. Sospechaba que las rutas en Bolivia y Perú no eran de las más veloces, pero resistía en mí la esperanza de arribar a Cuzco en dos días, pues mi amiga me esperaba allí para realizar el camino del Inca, con los pasajes del tren y la mochila en mano.

Ya había estado en el exuberante México, en Bogotá, incluso en el realismo mágico de García Márquez. Entonces me dije que, seguramente, resultaría una experiencia apasionante adentrarse, aunque fuera un poco, en ese país andino, lleno de historia. Fue en julio del año pasado, cuando Evo Morales recién asumía la Presidencia y los estados más ricos buscaban su autonomía, haciendo huelgas y ocasionándole reiterados dolores de cabeza al dirigente cocalero.

Llegué a Santa cruz de la Sierra un domingo a las 2 de la tarde, sola. Desde las ventanas del aeropuerto, pude ver unas palmeras dispersas en una alfombra verde, que se sacudían fuerte. Al salir en busca de un taxi, el calor pesado me aplastó.

En la estación de colectivos no conseguía quién me llevara directo a La Paz; sólo salía uno en dos horas e iba a Cochabamba. Cuando quise comprar el boleto, me encontré con que no aceptaban dólares o reales- lo único que llevaba en mi billetera- y sí o sí debía encontrar a uno de los chicos que cambiaban dinero en la plaza de la ciudad. Pero había paro general y ellos no estaban.

Afortunadamente, pude convencer al amable empleado del Hostel en el que pasé la noche de que aceptara mis dólares-luego de decirle reiteradas veces que no eran falsos-de lo contrario, dormiría en la calle, bajo una luna gélida. No tuve la misma cortesía en el bar de la esquina, entonces me fui a la cama sin probar bocado, luego de dar una vuelta manzana y ver cómo se apiñaban en una especie de toldo improvisado con cuatro palos decenas de vecinos frente a un televisor blanco y negro, muy pequeño, para mirar una película captada por antena, invadida por una lluvia persistente que cubría media pantalla. Se los veía encantados.

La odisea

Al día siguiente, con el grito de los gallos, me desperté decidida a irme de allí como fuera. Me dirigí al aeropuerto, pero una dura realidad me azotó: no salían vuelos directos a Lima, sólo a La Paz y los pocos asientos que quedaban costaban 400 dólares. No podía ser verdad. Cambié mi dinero por pesos bolivianos y tomé otro taxi a la terminal de ómnibus.

Me esperaban 12 horas interminables en un asiento que no se reclinaba, pero que finalmente, me depositaría en Cochabamba a las 5 de la tarde. Una vez allí, haría trasbordo y continuaría mi viaje hasta la ciudad de La Paz, para llegar a las 2 de la madrugada, con 40 grados menos de temperatura y mis pies totalmente agarrotados.

En el trayecto, poco a poco, el colectivo fue tomando color y olor. El escenario se tornó casi buñuelesco. Era avanzar 20 kilómetros, a paso lento y frenar en medio de la ruta, para que más campesinos y mamachas subieran y al mismo tiempo, permitir a niños enérgicos ofrecer empanadas de papa y especias por las ventanillas del transporte. Todos compraban, a pesar de que cada uno llevaba sus recipientes de plástico con pollo bien condimentado, que trozaban con las manos sobre sus faldas.

De repente, sentí un olor persistente, intenso, bien definido: provenía de un animal, estaba segura. A mi derecha, parada en el pasillo, pude observar cómo se movía la pollera acampanada de la señora al compás de unos cacareos: claro, llevaba sus gallinas entre las piernas.

Los siguientes 15 minutos, el colectivo traqueteó sin parar, pues era imposible esquivar los cientos de pozos que se presentaban en el camino. Los huevos en cartones que se encontraban en los porta maleteros comenzaron a estallar en las cabezas de los pasajeros, que reían incansablemente mientras se miraban entre ellos mostrando sus dientes blancos. Yo también reí.

De pronto, me asaltó el hambre pero, al mismo tiempo, la compleja atmósfera que se respiraba allí dentro me impedía probar otra cosa que no fuera algo fresco. En una de las paradas para comer, le compré una papaya a una niña que las vendía debajo de un frondoso árbol. Allí me senté y almorcé con un poco de agua.

Cuando ya se hacía de noche, pusieron una película: “Camino a la muerte”. Claramente ese era mi destino, pensé. Consistía en tiros y más tiros, sangre y aullidos. Mis oídos no podían soportar el sonido que se acoplaba, por lo tanto le pregunté al chofer si no podía bajar el volumen e inmediatamente todos los allí presentes vociferaron desesperados “¡¡nooooooooooo!!”. No volví a abrir la boca e intenté dormir.

En La Paz, al día siguiente, desayuné en la terminal y compré un pasaje a Copacabana debido a que no se podía cruzar la frontera con el Perú: en Puno habían matado a piedrazos al Alcalde de la ciudad por corrupto, lo que generó el paro de las actividades por tiempo indefinido.

Cerca del lago Titicaca, dos niños subieron al colectivo con pescados que aún parecían con vida y comenzaron a masticarlos frenéticamente. Jugaban contentos y más felices se ponían cuando sacaban sus cabezas por la ventanilla y el aire les pegaba en la cara y les sacudía la cabellera con fuerza. Estaban muy sucios, como recién salidos de una mina de carbón. Sin embargo, ya no me importó que se colgaran de mis pelos, revolotearan alrededor mío y se escondieran debajo de mi vestido. También jugué y me divertí con ellos. Más tarde, comí unas bolsitas de granos de maíz que me convidó una mujer sentada a mi lado.

Durante el trayecto, había observado con sorpresa las tuberías que bordeaban el largo de la ruta sin descanso, por entre la tierra y las rocas, para transportar gas. Más aún, cuando me hospedé en un modesto Hostel para pasar la noche en Copacabana y al entrar al baño, sólo encontré el inodoro y una ducha eléctrica y desde luego, cuando me estaba enjuagando el shampoo, se cortó la luz y tuve que lavarme el cuerpo en 5 segundos pues me puse violeta intenso y no quería morir congelada allí mismo.

Con el alba, me dirigí a pie hacia la frontera junto a una chica-no recuerdo su nombre- de Buenos Aires, también de 23 años y que vivía en el pueblo “Aguas calientes” desde hacía unos meses. Me explicó que eso de los paros sucedía con frecuencia en Perú. Sin embargo, para mí, cada día que pasaba se convertía en un colosal obstáculo que me alejaba de mi destino, hasta pensarlo inalcanzable.

La policía de Bolivia selló nuestros pasaportes, cambiamos dinero a soles peruanos y esperamos el colectivo que nos dejaría en Puno. Allí tomaría el último.

Horas interminables de montañas áridas, aburridas, las piedras del ripio que golpeaban la carrocería: la desidia más grande que podía existir. Mis brazos colgaban del asiento, derrotados; mis piernas, dos bolsas de harina; mi cara, casi con certeza amorfa.

Cuando llegué tarde, a la noche desconocida de Cuzco, los cuatro días de viaje desde Santa Cruz de la Sierra que había recorrido sin descanso, sin saberlo se notaban en mi rostro.

Toqué la puerta de la casa del Dr. Pío y mi amiga Caterina al abrirla dudó en abrazarme, presa del horror que sintió al verme. Hacía cuatro días que no me miraba al espejo.
Me enfrenté a él y lloré.

 

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