Europa: casa de muñecas
Europa para la mayoría de los argentinos es como volver al hogar de sus padres. Soy argentina, de la provincia de Buenos Aires, y volé tres veces al viejo continente. Cuando pisé Roma un día de verano, y el atardecer cayó sobre nuestros hombros lloré. El perfume del pasto húmedo y de la copa de los árboles me eran familiar. Sentí también olor a tuco, esa salsa que se deja en el fuego largo rato con algo de carne picada y que me parecía deliciosa cada domingo de ravioles en casa de mi abuela Triestina Yolanda, en un pueblo llamado Gral. Rojo, campo argentino.
Las caras cómplices y con cierta soberbia de algunos italianos me recordaban a las de mis primos y quizás, a las del diariero de la esquina. En los españoles encontré algunos rasgos conocidos, aunque en menor medida. Por eso me enamoré tanto de su gente, la alegría expresada en sus artes -la música, el baile-, la vestimenta colorida y cierta firmeza en sus valores. Ambos pueblos latinos son de gritar y hablar mucho, como los argentinos.
Y el mediterráneo. Inemdiatamente caí rendida a los pies de sus calmas aguas. La sabiduría de los barcos de Europa allí; los faros, testigos del comercio mundial del medioevo y el renacimiento. Quería conocer el mediterráneo, luego de escucharlo tantas veces cantar, con suma belleza, al catalán Joan Manuel Serrat. Me emocioné, mucho.
Continuará…
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