Río de Janeiro
Y se hizo de noche. Entré al Hostel, sobre la calle Muraí, casi desierta.
En la habitación compartida, elegí la cama vacía de una de las cuchetas que dan a un gran ventanal. Arriba, dormía una chica de Dinamarca. Más tarde, descubrí a Giuliano, 25 años, San Pablo, mirada penetrante y cuerpo soberbio.
Al día siguiente, Giuliano me llevó a Macumba, una playa casi virgen, desolada. Él bajó del auto las tablas de surf y yo llevé mi libro.
Me sorprendió la calma absoluta y el sol me tumbó en la arena. Miré cómo Giuliano se ponía la malla y se ajustaba el lazo de la tabla en la muñeca derecha. Bajé un poco los ojos hasta llegar a su ombligo, de donde se desprendía la figura de una mujer asiática, que cubría la zona abdominal izquierda. Quedé detenida allí, 20 segundos. Hasta que me dio la espalda y corrió hacia el mar, pensando en las olas. El agua estaba tan agitada por los bodyboards que parecía que el mar temblaba.
Mi boca estaba salada y tenía sed. El mar bravo me sacudió hasta alcanzarme a la orilla. Caminé hasta la pequeña carpa que protegía al vendedor de refrescos y le pedí un coco helado. Me senté con Giuliano en la arena y él me dio para que probara: un jugo casi viscoso, como la leche. Me gustó y lo tomé hasta dejarle sólo un poco. Él me miró y se rió, y me limpió con su lengua las gotas que quedaron pegadas en la comisura de mis labios.
Etiquetas: Bahía de Guanabara, Barra de Tiyuca, Copacabana, Pan de Azúcar, Río de JaneiroSi te ha gustado, te gustará también:



