Blog sobre Viajes de una Turista Mundial

Coco bongo

Martes 25 Agosto 2009

Cuando viajé a Cancún tenía 19 años. Fue mi primer contacto real con el desenfreno de la noche. Escenas de las que fui testigo allí tocaron venas de mi cuerpo que aún dormían, y algunas perversas vibraciones estremecieron mi pulso. En el famoso boliche “Coco Bongo” de Cancún me di cuenta que a las mujeres también podían gustarle las mujeres: sentí la mirada desafiante de una norteamericana que quería comerme en el medio de la pista.

Al poco rato estaba ebria de tanto tomar tequila, que amigables mexicanos me ofrecían en jeringas de plástico, para que subiera veloz como un rayo a la cabeza. El personaje de la película “The mask” saltaba atado a una soga elástica de mesa en mesa, con una botella de José Cuervo enorme tipo pomo que regalaba a los adolescentes, una vez que éstos abrían la boca bien grande y el chorro pasaba directo, sin descanso. El encantador de sueños. Muy pronto, el desbordante boliche había entrado en trance, atrapado por la gran orgía colectiva que estalló violentamente: hombres y mujeres copulando en las barras , hombres y mujeres besándose unos a otros sin control posible.

Noche que nunca olvidará la poderosa psiquis.

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Una noche de calor

Lunes 29 Junio 2009

Recuerdo aquella noche pesada, de calor húmedo, que ocurrió en Buenos Aires. Algo, ese día, hizo que mi cuerpo se tensara.
Fue luego de ir a bailar hasta las dos de la mañana a un boliche de Palermo. La vigilancia nos abrió y entramos al edificio de lofts. Le pregunté a mi amiga si subíamos a su casa y me contestó:
-No, vamos a la pileta, todavía el bar está abierto y el agua debe estar tibia. Además, nos está esperando, ¡está vacía!
-Bueno, pero estamos en jeans y remera, y los chicos también.-Le respondí, mientras observaba la enorme figura geométrica, iluminada y rodeada de reposeras.
-No te preocupes, ahora le pido al guardia unas toallas, así cuando salimos nos secamos y nos volvemos a vestir. Nadie nos mira.
Vi a Marcos sentado en la mesa, con una cerveza en la mano. Me quedé con él. Martín se puso a armar uno, mientras observaba a mi amiga, que ya se había tirado al agua y nadaba, con las tetas apuntando al cielo.
Poco a poco todos fuimos seducidos por el agua que se sacudía lentamente. Marcos movía los brazos con elegancia de chico perfecto y eso me violentó. Qué arrogante, pensé. Ahora me río.

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