Blog sobre Viajes de una Turista Mundial

Essaouira, modernidad y tradición juntas de la mano

Miércoles 24 Febrero 2010

EssaouiraEn Marruecos usted podrá encontrar lugares muy interesantes que visitas cuando decida desplazarse al país, tales como Marrakech, Fez o Tánger, pero hoy queremos aconsejarle un lugar diferente en el que poder relajarse al estilo marroquí. Le hablamos de la pequeña ciudad portuaria de Essaouira situada muy cerca de la mejor playa de Marruecos.

Tras sus murallas construidas por el sultán Sidi Mohamed en el siglo XVIII podrá encontrar pequeñas calles repletas de pequeñas tiendas de souvenirs y artesanía en la que los visitantes podrán encontrar el recuerdo perfecto de tan maravilloso lugar. Lo más relevante de la ciudad es su carácter informal como si de una comunidad de vecinos se tratara.

No obstante y a pesar de todo, el gran atractivo de Essaouira es el surf y el windsurf. En este sentido, cada año son miles los amantes de estos deportes acuáticos los que se desplazan al lugar para poder disfrutar del especial oleaje y vientos del océano Atlántico que hacen que su imagen de “ciudad tranquila” cambie rápidamente.

Si es usted amante de estos deportes o simplemente le gusta disfrutar del ambiente más cordial e informal deberá desplazarse a esta pequeña ciudad. En ella puede encontrar diversos alojamientos dignos de su presencia, pero queremos destacar, especialmente, Villa Maroc donde podrá disfrutar de un entorno marroquí especial que le harán disfrutar plenamente de todos los días que decida pasar en Essaouira.

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Marruecos

Lunes 27 Octubre 2008

Experiencia inolvidable en los pasillos medievales del antiguo Fez, escenario vital de la cultura árabe, en su más pura expresión.
Marruecos significaba cruzar a África, continente y tierra alejada de mi imaginación. Cierta tensión me perturbaba.Cruzamos el estrecho de Gibraltar desde Algeciras hacia el Tánger, ciudad histórica y mítica para el mundo entero.
Cuando llegamos, el calor nos azotó. Unos chicos movían sus flacos cuerpos entre la basura y las moscas, y miraban con distancia. Otros, se acercaban a vendernos sus alimentos en bolsitas. Estábamos un poco desorientados pero atentos, mientras buscábamos un Banco para sacar dirhams. Caminamos mucho para encontrarlo.
 
Inmediatamente después, nos encontramos presa de otro inconveniente: hacerle entender a un taxista que nos llevara a la estación de colectivos. Les hablábamos en castellano, en inglés y en un mal francés, nadie nos comprendía. Finalmente, un taxista que había vivido en España, nos llevó al lugar.
Allí, el colectivo que teníamos que tomar para ir a Chechaouen, estaba con el motor encendido a punto de salir. A los gritos, alguien agarró nuestras mochilas y subimos sin dudar.

Llegar a Chechaouen fue una verdadera tortura. El camino era de montaña, la ruta muy precaria, prácticamente abandonada, y el aire no corría. Me sentía parte de una masa chiclosa y pegajosa. Los demás -muchos de ellos hombres sin trabajo o changarines- se reían y parecían no sufrir el sol que caía sobre nuestras cabezas.

El colectivo hizo una parada en Tetuán. Pensé que habíamos entrado en un sótano, bajo tierra y sin luz. Olía a chorizo de cerdo asado, a sudor de animales y a encierro. Las voces- que se manifestaban con energía- se confundían hasta hacerse una, y los vendedores de gaseosas y golosinas, se empujaban para entrar en el colectivo. Creí que el tiempo se había detenido.

Una vez en la ruta, nos cambiaron de colectivo y me senté al lado de Yessine -él sería quien nos daría una mano para encontrar donde dormir en Chechaouen antiguo. Es estudiante de Historia. Nos contó que todas las ciudades árabes tienen una parte moderna y otra antigua y, para entrar a ella en Chechaouen, hay 7 puertas que se cierran a la medianoche. Afortunadamente, era una costumbre que hace muchos años ha dejado de practicarse.

Yessine, nos despidió en una de las puertas con voz suave y amable. Nos deseó buen viaje.
 
 
 

 

Chechaouen fue un sueño de color azul, color del mar. Mientras más tiempo pasábamos en él, más nos enamorábamos: me había atrapado la calidez de los árabes, las sonrisas de los niños y sus miradas generosas.El Hotel donde dormíamos era pequeño y tenía una terraza. Allí pasaban las horas hasta que el sol caía sobre las casas blancas y azules, escalonadas en la montaña que las abrigaba. En ese momento, el cuadro se tornaba color naranja. Y cuando las estrellas comenzaban a brillar, una voz sagrada inundaba ese cuadro y la vida del pueblo se desbordaba hacia la Mezquita de la plaza central, para rezar.

Por la mañana, subiendo la montaña, vimos a unos niños jugar en el agua de la cascada y, un poco más arriba, padres, madres e hijos limpiando sus alfombras estampadas en un gran fregadero público: las dejaban secar al sol y luego las cargaban cuesta abajo en carros o sobre sus hombros.
Los más pequeños, mostraban una energía envidiable. Me acerqué a sacarles una foto a tres de ellos y creo que nunca recibí tanto afecto. Me abrazaron con fuerza y me reí, hasta quedarme sin aire.

Fuimos a Fez. Una pareja, él parisino y ella romana, nos dijo que teníamos que buscar la Puerta Azul para entrar al mundo antiguo y hospedarnos en el Hotel “Cascade”.
Otra vez la pesadumbre, el calor seco derretía mi cabeza, tenía mucha sed y ganas de tomar una ducha helada. No sabíamos por donde empezar, teníamos hambre, pero los puestitos de comida olían mal y no tenían buen aspecto.
Un chico llamado Abdul, se nos acercó y en español, dijo que sería nuestro guía. No se porqué, lo seguimos. Empezamos a caminar por el Mercado, entre las frutas pasadas, las carnes, las tripas y corazones de cerdos, y cogotes y patas de pollos colgando en unos ganchos, que apenas eran cubiertos del sol por unos toldos verdes y marrones. Seguimos adentrándonos a través de unos pasadizos más angostos, y el chico nos mostró los secretos de Fez antiguo. Era un verdadero laberinto, no sabíamos dónde estábamos.
Abdul nos llevó a la casa de un artesano donde elaboraban tintes de colores con los excrementos de las ovejas. El olor era penetrante, y yo me preocupaba por hacer equilibrio con mis sandalias para no caerme en una de las tinajas, con esos raros líquidos espesos color tiza. También, nos mostró la herboristería, sus puros perfumes, medicinas curativas y especias de todos los continentes.

Ya habíamos entrado demasiado y queríamos volver. Le pedimos por favor a Abdul que nos llevara de vuelta a la Puerta Azul. Él nos pidió dirhams. Yo le di lo que tenía en dirhams, casi cinco euros, pero se enojó porque decía que teníamos más, que era poco. Estaba furioso. Entonces, Mariano le dio un paquete de cigarrillos casi lleno y el chico aceptó.

Los 45 minutos de vuelta, se hicieron interminables, hasta que por fin vimos el cartel “Hotel Cascade”.

Esa fue la última vez que entramos al Medieval Fez.
 

 
 
 

 

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