Blog sobre Viajes de una Turista Mundial

Brasil, ¡¡sos grande !!

Sábado 10 Octubre 2009

Río de Janeiro, la ciudad carioca que inspiró a Vinicius de Moraes para crear “Garota de Ipanema”, una de las canciones más versionadas de toda la historia, ganó el derecho a organizar los Juegos Olímpicos del 2016, erigiéndose en la representante de Sudamérica.

Me emocioné junto a los brasileros que festejaban alegres, con esa energía contagiosa que enloquece al mundo entero, en las playas blancas de Copacabana y Leblon. Qué belleza la bahía de Guanabara, el pan de azúcar y el Cristo Redentor, que observa desde el morro como fiel testigo los abrazos en Copenhage del genial Presidente Ignacio Lula Da Silva con el legendario Pelé, ya un clásico embajador de su país.

Lula aseguró confiado, con lágrimas en las mejillas, que “vamos a probar que el alma generosa de los brasileños va a hacer la más extraordinaria olimpíada que este mundo haya visto”.

Brasil es grande.

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Río de Janeiro

Jueves 28 Mayo 2009

Y se hizo de noche. Entré al Hostel, sobre la calle Muraí, casi desierta.
En la habitación compartida, elegí la cama vacía de una de las cuchetas que dan a un gran ventanal. Arriba, dormía una chica de Dinamarca. Más tarde, descubrí a Giuliano, 25 años, San Pablo, mirada penetrante y cuerpo soberbio.
Al día siguiente, Giuliano me llevó a Macumba, una playa casi virgen, desolada. Él bajó del auto las tablas de surf y yo llevé mi libro.
Me sorprendió la calma absoluta y el sol me tumbó en la arena. Miré cómo Giuliano se ponía la malla y se ajustaba el lazo de la tabla en la muñeca derecha. Bajé un poco los ojos hasta llegar a su ombligo, de donde se desprendía la figura de una mujer asiática, que cubría la zona abdominal izquierda. Quedé detenida allí, 20 segundos. Hasta que me dio la espalda y corrió hacia el mar, pensando en las olas. El agua estaba tan agitada por los bodyboards que parecía que el mar temblaba.

Mi boca estaba salada y tenía sed. El mar bravo me sacudió hasta alcanzarme a la orilla. Caminé hasta la pequeña carpa que protegía al vendedor de refrescos y le pedí un coco helado. Me senté con Giuliano en la arena y él me dio para que probara: un jugo casi viscoso, como la leche. Me gustó y lo tomé hasta dejarle sólo un poco. Él me miró y se rió, y me limpió con su lengua las gotas que quedaron pegadas en la comisura de mis labios.

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